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UNA CHISPA DE GLORIA

 



UNA CHISPA DE GLORIA


Por Gvillermo Delgado OP


Si nos colocamos debajo el cielo estrellado, sentiremos lo grandioso del firmamento y nuestra pequeñez sobre la tierra.


Surge la poesía y la oración de alabanza de nuestros labios. Y el reconocimiento de quién es Dios y qué es lo humano.


Entonces hablamos de sabiduría.


Es de sabios saber vivir. La sabiduría no es un producto que adquirimos al gusto. La sabiduría es un regalo que Otro decide darnos, según su parecer.


Cuando ese parecer viene de Dios, lo que recibimos son capacidades extraordinarias. Porque nos dio su sabiduría. Nos hizo un poquito inferiores a él (Salmo 8). Desde entonces, como seres divinizados, existe en nosotros una chispa de gloria.


Hemos oído decir que la sabiduría estaba con Dios al crear la vida y todas las cosas. Y que esa misma sabiduría se nos dio a nosotros, para que, como él, también tengamos capacidades propias, por ejemplo, para crear. Sólo desde ahí vemos al científico, al constructor, al filósofo y al poeta.


Él nos dio el mando sobre las obras de sus manos y todo lo puso bajo nuestros pies. Con el fin de perfeccionar su misma obra.


Haciendo uso de las manos y nuestros pensamientos, surcamos el cielo con aviones, transformamos las piedras en inmensas murallas, el agua en luz; producimos dulces frutos de la tierra; entre las personas construimos la amistad y hacemos posible todo lo imaginable.


Colocados entre el cielo y la tierra, creamos, producimos, y nos perfeccionamos en lo que hacemos. 


Esa es la chispa de gloria que llevamos impresa en el alma.

miércoles, 20 de mayo de 2026

LA VERDAD






 BUSCADORES DE LA VERDAD


Partimos de la duda, de la oscuridad, para llegar a la luz. 



Por: Gvillermo Delgado OP


Para los buscadores y esforzados siempre habrá grandes compensaciones. Gandhi decía que, nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo… un esfuerzo total es una victoria completa.

Quien busca descifrar los misterios de la vida espera pacientemente la llegada de la luz del entendimiento. La chispa por pequeña y efímera no será perceptible para quien se aparte de la oscuridad. No olvidemos, nunca, que, al aparecer la chispa, se sobrepondrá al abismo oscuro de la ignorancia.

Cuando las dudas mueven a las búsquedas lo más probable es que encontremos sorpresas, más allá de lo que inicialmente buscábamos. Eso es “madrugar a buscar la sabiduría”. Terminando por hallarla, contemplarla y amarla.

Todo conocimiento humano, si es honesto, termina por descubrir la verdad.




La verdad es poner al descubierto aquellas realidades que no están a la vista (que no por eso no existen). Descubrir la verdad es la tarea de quien la busca (que podría ser el científico). Para luego, exponerla con todo su esplendor, a quienes la ignoran. Exponerla para que brille desde el secreto en que la resguarda la naturaleza y las honduras de la conciencia.

Quienes buscamos la verdad, ponemos al descubierto los secretos de las leyes de la vida. Al mismo tiempo, ponemos al descubierto al creador de todas las cosas “visibles e invisibles”: Quien lo hizo todo y les otorgó las posibilidades de su desarrollo y perfeccionamiento.

Conocer la verdad de la naturaleza es conocer a Dios. En tal caso, toda ciencia es servidora de Dios. Gandhi, también decía: puedo ver a Dios si me consagro a la humanidad.

Por eso los científicos somos al mismo tiempo: antropólogos, médicos, juristas, físicos, ingenieros filósofos y teólogos. Definimos nuestros oficios, y les damos una identidad, le ponemos nombre a todo; así, en las cosas, reconocemos la grandeza de Dios. Sólo así sabemos realmente qué es lo humano y quien es Dios.




Lo nuestro no son ocurrencias vanas, infundadas, sino el fruto de la búsqueda de la verdad.

Partimos de la duda, de la oscuridad, para llegar a la luz. Ese es el punto en que ahora nos encontramos. Como personas iluminadas e iluminadoras.




Quienes buscamos y hallamos la verdad definimos para siempre muestro comportamiento y trabajo.

A eso refiere el escritor sagrado acerca de la sabiduría cuando dice: Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan (Sabiduría 6,12).



En consecuencia, quien busca la sabiduría (o la verdad) termina por hallarla. Como quien busca el bien, no sólo lo hallará, sino que lo habitará.

Cuando un hombre descubre la verdad que buscaba y se ilumina por ella para ejercer sus tareas, vivir su vida moral y espiritual: ¿Qué más se le puede pedir?


miércoles, 18 de junio de 2025

El TRABAJO

 





El valor del trabajo



Por: Gvillermo Delgado OP


Nadie debe vivir para trabajar solamente. El trabajo dignifica, en su defecto esclaviza.


El trabajo dará múltiples satisfacciones, siempre. Si no las da, pregúntate: ¿Por qué?


Una probable respuesta a esa pregunta consiste en que te has fiado sólo de tus capacidades intelectuales y habilidades adquiridas. Si eso fuera verdad:

¿No crees que has dejado de lado a Dios, cuando en realidad él es el fin último de todas las búsquedas, que en cierto modo se esclarecen con el trabajo?




Dejando a Dios fuera de todo quehacer, sin quererlo excluyes a las personas que dices amar; para dar satisfacción de modo exclusivo a tus "necesidades"  personales. Tal cosa puede ser peligrosa, pues estarías atentando contra ti mismo.


Con lo cual: ¿En qué te diferencias de quien trama el mal para satisfacer "necesidades"?


Ni siquiera las aves del campo atentan al orden natural de las cosas, pues al cantar atraen a las otras aves, al tiempo que embellecen el campo y dan sosiego a nuestras almas.


A eso refiere Jesús cuando dice: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt 16, 24).


De tal modo que tu vida sea una ofrenda permanente, agradable a Dios, a las personas que amas y a la sociedad que sirves.




Bajo este criterio, el trabajo jamás será maldición ni esclavitud sino la bendición necesaria para que vivir una vida digna.


¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? (Ibid, 26).



martes, 10 de junio de 2025

El tiempo presente

 


El tiempo presente

 

Por: Guillermo Delgado OP

 

Si respiras conscientemente notarás que dejas entrar y salir el tiempo presente a tu interior a través del aire que respiras. Con el aire conectas el exterior con el interior.


El presente es el único “lugar” real que puede ser habitado. Añorar un mundo feliz desde lo que un día fuiste o lo que puedes llegar a ser, en cierto modo son pasiones inútiles. La añoranza y los anhelos son mejores al mirarse desde la experiencia y los deseos más altos en que un proyecto de vida se construye.


Lo que un día fuiste (aunque enlistes muchas cosas buenas del pasado) y lo que puedes llegar a ser (aunque hayan nobles ideales) estos nunca serán suficientes. Porque lo suficiente está en el suave respirar del tiempo presente. En el ahora mismo. Jesús decía: que no nos preocupemos por el mañana, cada día tiene bastante con su propio afán (Mt, 6, 34).


Para vivir la vida cotidiana con espiritualidad y sentido, estamos obligados a vivir “una cosa a la vez”. Desde luego que, dejaríamos de ser racionales y responsables si no consideráramos la historia personal y no proyectáramos la vida hacia un futuro; sin embargo, tales cosas jamás tienen valor ni realidad si ahora mismo no somos conscientes del presente que vivimos.


Cuantas veces hemos oído decir. “me gustaría repetir el pasado”, “jamás volvería al pasado”, o: un día me gustaría ser importante o tener tal o cual cosa. Pero extrañamente no siempre oímos decir: me gusta el momento presente.


El presente define la vida, por eso define lo eterno. Lo eterno es el presente sin pausas. Ahí hallamos al amor, la paz. Ahí hallamos a Dios. Aquel que es lo suficiente. Lo que necesitamos y nos basta.

viernes, 11 de abril de 2025

Círculo amoroso o círculo vicioso

 


Círculo amoroso o círculo vicioso

A propósito de la Oración del Padre Nuestro 

Mateo, 6, 5-15

 

Por: Gvillermo Ðlgado OP

Fotografía de luna: Juana Guerrero (27/11/2023)

 

¿Cómo es la vida interior de quienes prosiguen la lógica del amor de Dios Padre? La vida de quienes prosiguen los modos de amar en Dios crea relaciones de amor divino, porque Dios está en ellos. La lógica “pagana” como lo dice el mismo Jesús (Mateo, 6,7), al no tener una fuente superior, se surte de “palabrerías”.


Para analizar el círculo perfecto o amoroso sigamos las indicaciones que Jesús da a sus discípulos cuando les enseña a orar (Mt 6, 5, 15).

 

La misericordia es el punto de irradiación


La misericordia es el corazón que ilumina desde el centro todo aquello que rodea las acciones espirituales que se mueven en torno a ella. La misericordia está contenida en Dios.


Entonces, el Padre Dios es el punto de partida. Él es misericordia. Da misericordia porque es entregado en amor sin discriminar nada ni a nadie.


Nada porque su amor está en todas las cosas, por eso regala el tiempo, el ciclo de las estacione, el agua, las cosechas; está en las leyes de la naturaleza y la vida.


Se da también sin discriminar a nadie: perdona al pecador, ama al pobre y desamparado, socorre al afligido, sana al enfermo, salva al arrepentido. Tiene preferencia por los pequeños y pobres, sin excluir a nadie, porque el amor como la luz irradia e ilumina lo oscuro, sucio y lejano.


Continuamos el círculo perfecto


El círculo es perfecto y amoroso si continúa la lógica de Dios Padre. Es decir, si él “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden” (Mateo, 6, 12). Dios me perdona, de igual modo yo perdono al hermano. A su vez, el hermano replicará tal acción, perdonando a quien haya ofendido; creando de tal modo círculos infinitos de perdón, cuyo cierre sólo puede acontecer en aquel que primeramente ama y perdona, o sea, Dios.


El círculo vicioso


Pero cuando yo no perdono como Dios Padre perdona, el círculo deja de ser círculo perfecto y se transforma en círculo vicioso. El círculo vicioso rompe el cauce de amor cuya fuente procede del Padre Dios. Lo vicioso está, por tanto, en el bloqueo que yo o el hermano establecemos para impedir que no fluya el amor perfecto del Padre Dios.


La vida espiritual


El círculo perfeto irradiado por la misericordia define la vida espiritual de quienes rezan o dialogan con Dios Padre para mantenerse en estado de gracia y en esa gracia acoger a los hermanos.


Salvados en ese amor se construye la gran fraternidad o sororidad con la luz infinita de la misericordia cuya fuente está en Dios Padre. Esa es la vida interior de la persona íntegra, cuya gracia se muestra en la belleza de sus relaciones humanas. 𝛀

martes, 20 de febrero de 2024

Qué son las virtudes

 


Por: Gvillermo Delgado OP


Las virtudes no se heredan, son forjadas por cada persona a base de esfuerzo y constancia. 


Con las virtudes, vivimos un estilo de vida,  donde las actitudes correctas definen el comportamiento y la vida moral de cualquier persona.


Por eso son perfecciones y hábitos que ayudan a llevar una vida buena. Constituyen el mundo de las excelencias y los valores. 
En pocas palabras, las virtudes, son camino de perfeccionamiento.


Y como todo aprendizaje exigen adiestramiento, disciplina y amor al arte.


Son utópicas. Pues nos elevan a horizontes cada vez más altos y abiertos. 


Su función consiste en desinstalarnos y obligarnos a andar. Como la estrella que nunca alcanzaremos, pero nos orienta para llegar a un destino trazado. 


Son sugerencias permanentes entre lo que se piensa y se hace, ahora mismo, para no instalarnos en la mera utopía, sino para avanzar de modo permanente, realizando en cada paso lo que buscamos más allá del horizonte. 


La identidad de los bautizados cristianos se define a partir de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad infundidas sobrenaturalmente por Dios en el bautismo.


Sin embargo, dichas virtudes deben ser asumidas humanamente para que determinen el actuar de las personas. Por esa vía se entienden y realizan los caminos espirituales y la vida de santidad.


Si las virtudes no son una herencia sino tareas que cada uno asume para realizar su vocación humana, también son un regalo de la naturaleza divina con la cual la persona se realiza y alcanza la vida feliz que, se prolonga más allá de los alcances que este mundo nos permite.

viernes, 29 de julio de 2022

La vida en Dios

 




La vida en Dios es dulzura y amabilidad


Por: José Guillermo Delgado OP


La vida en Dios

Es distinto hablar de alguien que darlo a conocer. Hablar define y visibiliza a ese alguien según la idea que tenemos de él. Darlo a conocer es manifestar su presencia. Esto es revelarlo tal cual es.

Jesús no habla del Padre, sino que revela al Padre. Manifiesta su gloria. La cruz no es un lugar de tortura sino el momento para manifestar el gran amor que fluye entre él y el Padre. De ahí que él se entrega por amor. Todo lo que hace lo hace en nombre de su Padre, porque todo lo que tiene o ha recibido lo ha recibido de él. Por eso él nos da lo que a su vez ha recibido.

En Jesús ocurre algo parecido a lo que les pasa a los niños respecto a sus padres en la psicología evolutiva: el niño adquiere primero la conciencia de su padre que de sí mismo. En el niño esto se debe al defecto de su autoconciencia, en Jesús es por sobreabundancia.

En el caso nuestro...

En Jesús hay una relación profunda de pertenencia con el Padre. Afirmó: Todo lo mío es tuyo. Todo lo tuyo es mío. Mi voluntad es cumplir la tuya.

La vida en Dios es permanecer en su amor. Dentro. En ese amor que sólo es de Dios. En ese amor hacer el camino. ¿Cuál? En el que es “el camino la verdad y la vida”.

Es pertenecer. Ser en él. Dar lo que a su vez hemos recibido. De la misma manera en que pertenecemos a él, de ese mismo modo pertenecemos a los hermanos. De ese modo nos condonamos a ellos. De ahí devienen la calidad de las actitudes en el trato a las personas.

 

Dulzura

La dulzura es un grado óptimo de relación. Es un superlativo que pasa de ser considerado verbalmente a tratar a Dios y a los hermanos según esa comprensión. No es adulación ni un dulzón empalagoso que más bien incomoda. Es un modo óptimo de entender y de ser, para tratar a los demás. Es trasladar el tipo de relación que tenemos con Dios para con los hermanos. Es la coherencia cristiana.

En el lenguaje bíblico no existen los superlativos para calificar una realidad, por eso se usa el recurso de la repetición de un adjetivo. De Dios, por ejemplo, se dice que es santo y para exaltarlo por encima de todo decimos que es santo, santo, santo. De otro modo, Dios es santísimo. Igual podemos decir que es dulce, bello, justo, misericordioso.

Santa Catalina de Siena se refería a Dios como: Mi amado o amantísimo Señor, amadísimo esposo. Lo califica como dulce o dulcísimo Señor mío. Amor dulcísimo. Dulcísimo esposo.

Con la expresión dulzura se refiere a una íntima y profunda relación con el Padre. Que es a su vez una relación de pertenencia. Como quien dice: Él es mío. Yo soy de su propiedad. 

Asimismo, nos protegemos en la oración a la madre, como: Vida dulzura y esperanza nuestra.

Muchas jovencitas llevan el nombre de Dulce. Muchas lo son. Muchos somos referencia ética de este modo de ser y estar con Dios.

En quienes no hay distinción de preferencia para tratar a una persona respecto a otra, es porque así lo entienden y así viven su relación con el mismo Dios.

 

La amabilidad

¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría (Santiago 3, 13). Esa es la amabilidad.

La dulzura es la amabilidad en el trato. Que es efecto de la sabiduría y la experiencia y al mismo tiempo la multiplicación de virtudes. Como aquellas que brotan del amor en la lista que san Pablo enumera en Cor 13. El amor disculpa todo, es servicial…

 

La vida en Dios

La vida en Dios es conocerle a él. Conocer es el principio necesario para que el amor se manifieste. Nadie ama lo que no conoce. Con razón santo Tomás decía que nacemos con dos defectos: la ignorancia y el pecado. Ambos son impedimento para conocer a Dios y amarle y amar a los hermanos. 

Habitar en Dios es permanecer en él. Santa Teresa de Calcuta afirmó que lo difícil no es llegar a la meta, sino permanece en ella.

Vivir en Dios es dar todo aquello que a su vez hemos recibido de él. La gracia consiste en recibir sin merecer nada, y a la vez dar a otros lo que a su vez hemos recibido.

Dar lo que a su vez he recibido me convierte en aquel que ha conocido y permanece en Dios. 

Esa es la vida de los cristianos: El quinto evangelio.

martes, 22 de febrero de 2022

El mundo de los jóvenes

 





El mundo de los jóvenes

Por: Gvillermo Delgado OP
21/07/2021

Cada época y cada sociedad tiene sus santos y sus demonios. La nuestra tiene jóvenes, que nos avisan acerca de las características de los santos y los demonios; para que evitemos a unos y para configurar la vida según la vida de los otros.

La identidad de una persona se define al tomar conciencia que en todo momento está y estará en “relación” con cosas, pero sobre todo con personas y con Dios. En esa condición es como cada uno construye “su” propio mundo.

La relación con Dios tiene tantos matices, como una paleta de colores. Otro tanto igual, pero menos matizada, es la relación con la familia y con los amigos.

Veamos cómo están las cosas en el mundo de los jóvenes.

En la relación con Dios

Dios es el ser hacia donde la vida tiende y por quien la podemos tener asegurada. Eso no siempre obliga a crear relaciones bajo una religión determinada. Las relaciones son personales. Esas que no obligan.

Dios está siempre, no nos falta, aseguran los jóvenes. Aun cuando no le busquemos y emprendamos caminos como sí él no existiera. Dios es como un amor asegurado, que siempre está y estará para nosotros.

En consecuencia, la aceptación de Dios en la vida es tan cotidiana, aunque no siempre consciente; dado que es considerada como la base de todas las relaciones. Sin Dios no nos podemos relacionar con casi nada, o mejor dicho con nada ni con nadie.

La relación consigo mismo

La condición personal es “el mejor lugar” para ser y estar. Es “la relación” de más conciencia, que nunca se abandona: seremos toda la vida, hombre o mujer, niño o adulto, estudiante o ciudadano. Lo que importa es que cada uno se defina, tal cual es. Una vez definida la persona está a gusto consigo misma.

Eso que llamamos “uno mismo” es ese quien nos acompaña, siempre; donde sea que estemos. Somos pasado, presente y futuro; nacemos, crecemos, morimos, sufrimos y nos realizamos en esa identidad.

La afirmación de la identidad muchas veces emerge de las inconsistencias; pero permite sentirnos cómodos "con lo ahora somos". Más allá del reproche, la inconformidad de "mi propio fenotipo" es frecuente sentirnos felices y agradecidos por lo que somos, tenemos y por lo que podemos llegar a ser. O simplemente, nos amamos, porque nos tenemos.

En ese sentido, como generación espontánea, los jóvenes emergen desde sí mismos como buenas noticias.

Los amigos

Los amigos son pocos y exclusivos. Se pueden tener o no, y no pasa nada. Si se tienen estos deben ser de calidad, tal como uno mismo es.

Los amigos son auténticos, con valores o mejor no tenerlos. Son probados en los momentos difíciles. Siempre deben ser buenos. Por eso suelen ser muy pocos.

Los amigos están entre los de la propia generación. Son mi otro igual. Por lo mismo han de estar bien definidos.

Parecido a otros tiempos la amistad es exclusiva y es definida por cada persona. Aristóteles lo hizo hace más de 2,300 años, dijo: “Los amigos, cuando son más en número de lo que reclaman las necesidades ordinarias de la vida, son muy inútiles, y hasta llegan a ser un obstáculo para la felicidad”.

Y, cómo los jóvenes del aquí y ahora, también dijo el filósofo: “El amor es como el grado superior y el exceso de afección, y nunca se dirige a más que a un solo ser”. Esa es la exclusividad de la que hablan los jóvenes.

La vida en la familia

La familia es el lugar más seguro. Nada como ella. Dónde ir sino a la familia, porque de ella venimos y ahí vivimos toda la vida.

Parecido a lo que ocurre en la toma de conciencia de sí mismos, en la familia se describen tantas inconsistencias en las relaciones con los hermanos, y los propios padres; pero ahí y sólo ahí están aquellos valores que a veces creemos encontrar en la exclusividad de los amigos. Este es un amor asegurado. Por ser el lugar donde nos hacemos y permanecemos durante toda la vida.

La familia es el refugio más seguro para ser y estar mientras la vida acontece.


Amarse a uno mismo

En toda reflexión y toma de conciencia, al momento de pasar de “la razón pura” a la expresión verbal o escrita, casi siempre habrá cierto halo de “pura teoría”. Así debe ser. Así debe ser, porque la definición de las ideas, por abstractas que sean, son indispensables y andamiaje que guiará toda práctica.

¿A qué viene esta afirmación? Resulta que la opinión de los jóvenes a la hora de ser cuantificada en cifras, es decir, al materializar la idea en la praxis moral, su discurso cambia.

En su opinión “uno mismo” y la familia son los mejores lugares para vivir la vida. La condición de Dios tiene una definición particular; mientras que la amistad sólo ocupa un lugar de exclusividad.

Al preguntarles, considerando los ámbitos o lugares antes descritos ¿Qué es más importante para vivir la moral?

¿Si la familia es el lugar más asegurado para vivir la vida, por qué en la encuesta no prevalece sobre los otros ámbitos? (sólo el 4% destaca su importancia). Tiene que ser porque los jóvenes se configuran a partir de sí mismos.

En tal razón, Dios como condición personal siempre está como un eje configurador, bajo criterios personales. Por lo que Dios (42%) y yo mismo (54%) son como de la misma naturaleza, pues, ayudan a configurar y orientar la propia vida moral.

Para definir la vida moral es indispensable la doble condición: yo y Dios. Y para vivir esa condición, la familia es el lugar más factible. Con lo cual, el lugar de los amigos se desdibuja en su totalidad (0 %). Los amigos no figuran para la vida moral, de pronto, la amistad alienta a una vida en otros marcos poco ortodoxos.

Aunque para vivir la vida exclusiva, se hace “necesaria” la amistad sobre todo para aquellos ámbitos donde la familia no llega, por ejemplo, en los equipos de futbol, ir una fiesta o salir a tomar un café. Ámbitos que no trascienden a cuestiones más elementales como suelen ser aquellos que son propios de la familia.

En consecuencia, uno siempre está feliz consigo mismo mientras exista Dios, la familia y los amigos; eso sí, cada uno de esos ámbitos es una luz que ilumina cada circunstancia de modo distinto. Unos más que otros, como suele ser Dios respecto a la familia; unos más efímeros o menos permanentes como ocurre con los amigos. Pero cuando esas luces se apagan, lo que se queda para siempre “es uno mismo”; por eso amar a los demás, en el fondo es amarse a uno mismo, ya que a la postre es lo único que tenemos para vivir toda la vida.

Publicado en Prensa Libre el día 30 de agosto del 2021. En la sección Buena Vida, salud emocional, pag. 22.

https://www.prensalibre.com/vida/salud-y-familia/el-mundo-de-los-jovenes/

miércoles, 21 de julio de 2021

Reinventarme para la felicidad

 




Por: Gvillermo Delgado OP
11de junio del 2021


Existe una tensión que me mueve en todo momento. Se trata de aquello que quiero alcanzar en cada cosa. Estoy convencido que cualquier acción sino es en dirección de la felicidad, realmente no vale la pena.


¿Qué otra cosa me puede preocupar más que no tener la paz suficiente para vivir una vida tranquila?


Si quiero gozar la vida lejos de todo mal, me obligo a aceptar los límites que las leyes de la naturaleza me imponen, además de suprimir todo aquello que no necesito.


No necesito aquello que puede ser perdido. Lo que puede ser perdido, no me debiera imponer sufrimiento porque no es parte de la vida, por tanto, de los límites que la naturaleza me impone.


En tal caso, la muerte es el mayor de los límites, que acontece en cada momento del desarrollo cotidiano, como el reloj que va muriendo en cada segundo de tiempo.


Aceptar la muerte es estar preparado para gozar la vida, libre de todo mal y sufrimiento. La muerte como la finalización de todo, no la necesito, pero sí estoy obligado comprenderla como límite, para que el día que “caiga en el sueño de la muerte” (Sal, 13,3) pueda despertar a una vida feliz, sin relojes.


Lo que debe preocuparme es perder aquello que sí necesito y que nadie me puede dar. Eso es lo que depende de mí. Hay algo que nadie me puede quitar porque nadie me lo puede dar. Esa es la paz.


La quietud de espíritu depende de los límites que acepto y de los excesos que suprimo, cuando estos me conducen al dolor y al sufrimiento.


Al otro lado de mí, está la ciencia. Ahí, nada puede ser creado. La ciencia sólo pone al descubierto aquello que es invisible a la simple mirada del conocimiento. La ciencia reinventa lo que ya existe, para que pueda ser captado por la simple mirada. 


El impacto de la re-invención, propio de la ciencia, se debe al efecto de su utilidad y eficacia, pues resuelve aquellas cosas que otrora aceptábamos en la fatalidad del límite. Con la ciencia hacemos de todo cosa, una oportunidad para crecer hacia el mundo más deseado.


Por nuestra parte, la persona que se re-inventa, reconoce los límites de su propia naturaleza. Hace de la razón y de las pasiones, los instrumentos eficaces para guiarse.


Eso es aceptar aquella razón creadora que configura todo lo que existe y que da origen a la naturaleza de todo cuanto existe. A quien llamamos Dios. Si ese es Dios, delante de él, reconocer los limites es emprender caminos de libertad en dirección suya. Donde la meta es la felicidad que acontece en él, sin lo cual será siempre imposible la vida feliz.


Si no inventamos nada, quiere decir que reinventarnos es hacer de la felicidad la terea más digna por el cual vivimos en cada caso.


Esa es la paz que nadie me puede dar, que nadie me puede quitar. Pues yo me la doy, cuando me reinvento a cada instante, mientras el reloj del tiempo avanza.

viernes, 11 de junio de 2021

El misterio humano




el Misterio humano

Existe una cosa propia de la condición humana a la que llamamos misterio. Cuando se decanta a lo bueno y santo es preferida como ideal, cuando se inclina hacia lo retorcido es algo despreciable. Inclinados a uno u otro lado, es como transcurre la vida.

Guillermo Delgado, OP

Las ideas grandes mueven las obras grandes. Si por una de ellas fueras recodado después de tu muerte, entonces pensarás: que no sólo valió la pena la idea que hiciste valer para los demás y para ti, sino que te hiciste inmortal, ya que sin saberlo buscabas a Dios donde ni siquiera lo sospechabas.

Queramos o no aceptarlo, la grandeza o la pequeñez, lo mortal o lo inmortal nos definen. Hay una cosa propia de la condición humana que por no saber cómo explicar llamamos misteriosa. Por ejemplo, tiene que ver con la actitud que asumimos una vez probamos la derrota.

¿Por qué el fracaso pone al descubierto una debilidad y la potencializa al extremo del aniquilamiento? Se supone que quien fracasa luchando como quien se hunde en el fango avanzando en un camino bueno, que él mismo determinó, jamás perderá la dirección que traía, a no ser que esa debilidad le haga cambiar de dirección.

Hay otra cosa más sublime que hace original al humano. Tiene que ver con una fuerza que lo moviliza a lo radicalmente bueno.

No hay cosa más sublime que vivir sabiendo que somos originalmente buenos, y que ahí está el fundamento de todo lo que en esta vida podemos conquistar.

A la hora en que comprendemos que en nosotros existe esa fuerza extraordinariamente buena, que nos mueve, no sólo llegamos a definirnos como lo que somos, originariamente buenos, sino que llegamos a saber por fin cual es el móvil de la vida ética y feliz.

Sólo los años hacen comprender lo misterioso de lo humano. Quizá porque empezamos a encarar la condición mortal con realismo. Así es como las grandes lecciones se aprenden de las pequeñas cosas. A menudo aquello que nunca tuvo valor, ahora brilla como el sol que se asoma en el horizonte entre las montañas lejanas. Mientras más limitada es la vida más grande se muestra. Por ejemplo, la enfermedad nos traza el halo de lo eterno.

Las voces eternas se oyen, no en el ruido sino en el silencio. Ya que la “soledad” hace posible la generación de la voz más potente.

Ocurre que en los ensayos de muerte que vienen con el profundo sueño, la verdad se asoma. También aparece en el descubrimiento de ser- uno-mismo. Y aunque esa verdad no nos introduzca en aquel lugar al que nos dirigimos paso a paso, sin embargo, lo traza como camino para llegar a ser, mientras avanzamos, lo que al menos mínimamente siempre hemos soñado.

Somos herederos de un paraíso del que jamás podremos ser expulsados.


domingo, 7 de junio de 2020

Fortalecer la fe en tiempos de crisis



Fortalecer la fe en tiempos de crisis


Toda crisis es el debilitamiento de lo humano, que se manifiesta cuando nuestras facultades racionales son insuficientes para enfrentar las dificultades. Es sentirnos obligados a aceptar con frustración que necesitamos ser asistidos por otras fuerzas.

Guillermo Delgado OP

07/04/2020

Si la crisis nos empuja en el debilitamiento a reconocer que somos incapaces de superar las dificultades por nosotros mismos, entonces la fe se nos revela como esa otra fuerza que necesitamos. De otro modo, la crisis es la epifanía de la fe.

¿Dónde está la fe? ¿Cómo la adquiero?
La fe se experimenta en lo humano. Eso quiere decir que lo humano es el lugar de la fe, por eso la fe es humana y al mismo tiempo no lo es. Por eso digo que "se experimenta en lo humano".

1. La fe es humana porque la persona individual necesita del tú. Nadie se sostiene solo. Lo cual implica confiar y necesitar de las otras personas.  En tales términos la fe cala y fortalece a la propia persona y le hace capaz de superar su debilitamiento. Por tanto, solo se fortalece aquello que ya existe, pero está débil.

2. Al afirmar que la fe no sólo es humana, aceptamos que la fe es divina. Aceptamos que lo divino sucede en lo humano. Es decir, para que la fe divina acontezca necesita la fe humana.

Dios presupone lo humano para regalarnos la fe, como la semilla requiere de la tierra fértil para germinar.

3. En ambos casos la fe es un regalo. Un regalo que no se exige a nadie y que nadie está obligado a dar. En la fe no se dan cosas, es uno mismo quien se dona o se regala. 

Humanamente uno se entrega a los demás o jamás experimentará el amor. En cuanto a Dios, él se está donando permanentemente, es una fuente inagotable que no cesa. En ambos casos la fe es probada en donarse uno mismo por amor.

Sin el amor, como fruto de la fe, no hay conexión entre las personas ni con Dios; para apoyarse, para comunicarse, para no dejar de ser humanos, para combatir y encarar el devenir incierto de las cosas.

4. Las personas de fe fortalecemos las relaciones humanas, encaramos con actitud toda situación, por difícil que sea. Sabemos plantarnos en la adversidad y agradecer en los tiempos felices.

Las personas de fe sabemos anticiparnos a la derrota y a la muerte, pues, aunque parezca contradictorio, siempre encontramos atisbos de luz en la tiniebla. Ya que el debilitamiento extremo siempre nos muestra donde están los demás personas y donde está Dios.

La fe es relación, confianza y certeza en la incertidumbre. Hace decir: “yo confío en ti como en mí, y en esas otras fuerzas extraordinarias que me aseguran aquello que busco”. Por consiguiente, la fe obliga descender al sentimiento de indigencia y mostrar que somos seres necesitados.

La fe es el alma del amor
La acción buena que recibimos, cualquiera que sea y de donde sea que venga es lo que llamamos amor. El amor es expresión de la fe, porque la fe es el alma del amor. El amor es el sentimiento más puro del alma que experimentamos gracias a la fe. O sea que, la fe toca las vibras más profundas de lo humano y las liras más lejanas de la alabanza divina.

Las personas de fe además de relacionarnos, esperar, confiar, fortalecernos; también construimos, porque sabemos que esperamos “algo”. Nadie va al trabajo o a la escuela si no supiera que el futuro le pertenece. 

En ese sentido la fe es alma del amor, pues nos hace construir cosas, construirnos como ciudadanos y cuidarnos mientras nos amamos. El amor es la acción movilizada por la fuerza de la fe. En cierto modo, el amor es la superación del debilitamiento de lo humano. Es "hacernos para" los demás y hacernos para lo divino.

El momento decisivo de la crisis
La crisis pone al desnudo todo aquello que no tenemos asegurado; activa los dispositivos del alma y nos ponen en estado de alerta delante de lo que urge tener bajo control. La fe da ese control. Pero no como fuerza que se impone, sino como luz que viene de lo alto y al mismo tiempo brota de la misma persona.

La fe es la experiencia de agradecimiento por todo lo que recibimos sin esperar nada a cambio. Es el abrazo de lo divino que disipa la incertidumbre. Que, aunque no define el devenir con la claridad que quisiéramos, la ilumina y eso nos basta.

En la crisis como debilitamiento ponemos en entredicho lo que en otro tiempo no cuestionábamos. Por ejemplo, que las certezas del futuro dependen del conocimiento racional, de la economía, de la tecnología, de las capacidades humanas a todo nivel.

En el entredicho volvemos a los orígenes y a la indigencia. Volvemos al lugar donde nos fundamos como seres necesitados. Es decir, gracias a las crisis aprendemos a depender de los otros y de Dios. Extrañamente en esa relación de dependencia la muerte no se nos revela como lo más trágico sino como quien orienta la vida que ahora vivimos. Esa es la fe.

Foto: Ricardo Guardado OP

martes, 7 de abril de 2020