El arte de cuidarse
Por Guillermo Delgado OP
Para amar en el prójimo lo que en ellos hay de eterno, hay que amarse uno mismo. A partir de unas condiciones previas.
Una clave está en el cristianismo puro. Para amar esa “eternidad” que está en el otro, hay que reconocer esa eternidad en uno mismo. Tesoro no siempre visible. Como todo tesoro, este sólo se manifiesta cuando su presencia oculta se simboliza en aquello que cada uno busca amar, como luz radiante y horizonte que le guía a la vida perfecta. Orientados así hacia lo eterno, de lo eterno emergen las convicciones profundas centradas en el cuido de sí mismo. Así: cuidar la salud física, haciendo ejercicios, por ejemplo; cuidar la salud mental, retirarse de personas ruidosas, evitando lo obvio; cuidar el tiempo y vivirlo, habitar el espacio de modo ordenado; cuidar la vida espiritual puestos en relación con lo creado: Dios en todo.
Otra clave está en identificar al prójimo. Estas son las personas que de ordinario está en nuestra vida. No son las personas que aparecen de modo fortuito. Quizá en algunos casos podrían ser, pero sólo de modo extraordinario. Más bien, el prójimo es de quien “nos hacemos cargo”, por ser el punto de llegada de todo amor. Es el “encargarse de ellos”. Por lo mismo es la carga ligera de la que habla Jesús cuando invita a que nos aproximemos a él. El prójimo es la cruz que abrazamos. Esa cruz sostenida por el pilar principal del amor, que extiende sus manos para acoger todo horizonte infinito. Es la mirada alzada por encima de todo lo visible e invisible para extender la ternura más allá de sí mismos. El prójimo es el ahí del amor. A quien puedo amor "desde mi amor de propio" (el sí mismo del amor).
Por último, entendernos como creados. Decimos que somos “criaturas” y como tales, no nos debemos a nosotros mismos, sino a un creador: Aquel que nos creó, nos hizo según “su modo”. Nos hizo a su gusto. Con lo cual participamos de su condición y diseño. Por eso hacemos cosas como si fuéramos "dioses" (con minúscula). Interpretamos las leyes de la vida, y nos guiamos por ellas. Amamos. Cuidamos. En consecuencia, somos criaturas habitantes de un mundo que conecta con otro mayor, dinamizado por un creador y formador. El eterno.
















