Translate

Posts recientes

El arte de cuidarse

 

 

Fotos: Dina Pereira

El arte de cuidarse


Por Guillermo Delgado OP


Para amar en el prójimo lo que en ellos hay de eterno, hay que amarse uno mismo. A partir de unas condiciones previas.


Una clave está en el cristianismo puro. Para amar esa “eternidad” que está en el otro, hay que reconocer esa eternidad en uno mismo. Tesoro no siempre visible. Como todo tesoro, este sólo se manifiesta cuando su presencia oculta se simboliza en aquello que cada uno busca amar, como luz radiante y horizonte que le guía a la vida perfecta. Orientados así hacia lo eterno, de lo eterno emergen las convicciones profundas centradas en el cuido de sí mismo. Así: cuidar la salud física, haciendo ejercicios, por ejemplo; cuidar la salud mental, retirarse de personas ruidosas, evitando lo obvio; cuidar el tiempo y vivirlo, habitar el espacio de modo ordenado; cuidar la vida espiritual puestos en relación con lo creado: Dios en todo.

Otra clave está en identificar al prójimo. Estas son las personas que de ordinario está en nuestra vida. No son las personas que aparecen de modo fortuito. Quizá en algunos casos podrían ser, pero sólo de modo extraordinario. Más bien, el prójimo es de quien “nos hacemos cargo”, por ser el punto de llegada de todo amor. Es el “encargarse de ellos”. Por lo mismo es la carga ligera de la que habla Jesús cuando invita a que nos aproximemos a él. El prójimo es la cruz que abrazamos. Esa cruz sostenida por el pilar principal del amor, que extiende sus manos para acoger todo horizonte infinito. Es la mirada alzada por encima de todo lo visible e invisible para extender la ternura más allá de sí mismos. El prójimo es el ahí del amor. A quien puedo amor "desde mi amor de propio" (el sí mismo del amor).

Por último, entendernos como creados. Decimos que somos “criaturas” y como tales, no nos debemos a nosotros mismos, sino a un creador: Aquel que nos creó, nos hizo según “su modo”. Nos hizo a su gusto. Con lo cual participamos de su condición y diseño. Por eso hacemos cosas como si fuéramos "dioses" (con minúscula). Interpretamos las leyes de la vida, y nos guiamos por ellas. Amamos. Cuidamos. En consecuencia, somos criaturas habitantes de un mundo que conecta con otro mayor, dinamizado por un creador y formador. El eterno.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Ancianidad

 


Ancianidad

 


Por: Gvillermo Delgado OP

 


No sabemos lo que somos si no sabemos lo que seremos (Simone de Beauvoir). ¿Qué ecos muestran esas palabras?


Mirar a otra dirección, no a la dirección por donde probablemente caminaremos, es una visión distorsionada del mundo presente. Al decir: -Sólo importa el ahora.


Ese “ahora” asumiendo el tiempo de modo despreocupado, como si cada instante fuera lo eterno (no necesariamente espiritual), negando, así, la realidad golpeante de la que somos parte. Y a la vez, viviendo, como si fuéramos dueños y señores del tiempo. Pero ¡No! Lo real va en otra dirección. Va hacia donde, queramos o no, debemos mirar.


Si la fe nos da razones para saber sobrellevar las cuestiones fundamentales que nos aquejan, ¡enhorabuena! Si la esperanza acciona nuestras tareas cotidianas, ¡dichosos! Pero, esas verdades esenciales, no nos eximen de la responsabilidad más sublime, que es conocer lo que ahora somos en función de lo que un día seremos: ancianos.


Con la ancianidad, los colores rosas del amor tienden a ser tan diversos como los demanda la conjugación del verbo cuidar: yo me cuido, yo te cuido, nosotros nos cuidamos. Porque en la ancianidad, las preocupaciones, de cada instante, con las que encaramos y resolvemos lo complejo del mundo, suelen surgir del interior, del alma.


¿Qué podemos decirles a los de nuestra generación cuando se nos han perdido de vista? Si con la ancianidad los sentidos menguan como la luna es porque se adelantan poco a poco a ningún futuro (porque desaparece esa idea de futuro que aprendimos con la niñez), sino a aquel lugar seguro que llamamos y comprendemos desde la fe y la esperanza. Que es la “continuidad” de la vida en un lugar y estado donde “ya” nos esperan.


La ancianidad define la soledad como “prójimo”, en tanto oír menos, sentir menos, andad despacio. Sin otra prisa que la del viento que mueve a las nubes en lo alto del cielo y la de los segundos que marca la edad que ahora nos asume. La soledad, como estar consigo, es contemplar la espera pacientemente de cualquier final.

jueves, 27 de noviembre de 2025

JUVENTUD

 


Juventud

 

Por: Guillermo Delgado OP


La juventud es un estado de perfección en lucha. La embestida por conquistar para siempre la libertad que se desata en la rebeldía de los enamorados y en el canto simple de lo cotidiano. Es la revolución que se evalúa al contabilizar las frustraciones y las conquistas sólo con el paso de los años.


La juventud es un estado temporal que dura toda la vida. Cuando no se tiene se avanza hacia ella, cuando se tiene migra hacia las utopías y cuando se pierde de ella se vive.


La juventud es el bien precioso necesario para idear y construir todo lo posible. La evolución observable del universo.


Es expresión de la belleza. Frescura de la memoria que perdura. Inscrita en el rito y las palabras de las oraciones nocturnas de la muerte y la luz.


La juventud es la “posibilidad de toda posibilidad” para ser y llegar a ser todo lo que en ella ya acontece.


lunes, 22 de septiembre de 2025

La muerte en crecida

 


La muerte en crecida


 La libertad es la orientación de la vida para “el después de la vida”.


Por: Gvillermo Delgado OP

 

En algún lugar de nuestra alma se anida la muerte en crecida. Muchos prefieren no entender para no reconocer lo evidente, aun sabiendo que eso no inhibe el progreso hacia ese punto cero del reloj.


Lo razonable de la realidad, que la vida impone, consiste en una sola: ejercer el derecho a la libertad.


Ejercer el derecho a la libertad es construir ideales que traspasen los límites de la vida. Ya que vivir como mortales obliga a determinar cada instante con la prisa de que el tiempo se nos va sin apenas pedir permiso.


Si fuéramos inmortales no necesitaríamos la libertad. No existiría la prisa por vivir. La libertad es el diseño de un camino cuya estación final es el sueño hacia donde toda alma se orienta.


Sin embargo, vivir la libertad con prisa es correr el riesgo de salirnos de la dirección en cuyo camino la libertad nos puso al nacer. Y en lugar de una libertad que encamine a los ideales, minemos cada espacio, que nos sostiene, en terrenos de desorden.


Si el riesgo de la libertad es hacer de la vida un desorden (desorden que sólo aleccionará después de grandes pérdidas): ¿Para qué sirvió esa libertad?


La libertad es la orientación de la vida para “el después de la vida”. Lo cual hace bello el “instante del ahora mismo”, pues, es como un adelanto de lo que un día seremos.


La libertad es disfrutar el paisaje del camino, hacer de la felicidad un modo de vida; aunque una muerte impostergable se anide en el alma.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

LA VERDAD






 BUSCADORES DE LA VERDAD


Partimos de la duda, de la oscuridad, para llegar a la luz. 



Por: Gvillermo Delgado OP


Para los buscadores y esforzados siempre habrá grandes compensaciones. Gandhi decía que, nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo… un esfuerzo total es una victoria completa.

Quien busca descifrar los misterios de la vida espera pacientemente la llegada de la luz del entendimiento. La chispa por pequeña y efímera no será perceptible para quien se aparte de la oscuridad. No olvidemos, nunca, que, al aparecer la chispa, se sobrepondrá al abismo oscuro de la ignorancia.

Cuando las dudas mueven a las búsquedas lo más probable es que encontremos sorpresas, más allá de lo que inicialmente buscábamos. Eso es “madrugar a buscar la sabiduría”. Terminando por hallarla, contemplarla y amarla.

Todo conocimiento humano, si es honesto, termina por descubrir la verdad.




La verdad es poner al descubierto aquellas realidades que no están a la vista (que no por eso no existen). Descubrir la verdad es la tarea de quien la busca (que podría ser el científico). Para luego, exponerla con todo su esplendor, a quienes la ignoran. Exponerla para que brille desde el secreto en que la resguarda la naturaleza y las honduras de la conciencia.

Quienes buscamos la verdad, ponemos al descubierto los secretos de las leyes de la vida. Al mismo tiempo, ponemos al descubierto al creador de todas las cosas “visibles e invisibles”: Quien lo hizo todo y les otorgó las posibilidades de su desarrollo y perfeccionamiento.

Conocer la verdad de la naturaleza es conocer a Dios. En tal caso, toda ciencia es servidora de Dios. Gandhi, también decía: puedo ver a Dios si me consagro a la humanidad.

Por eso los científicos somos al mismo tiempo: antropólogos, médicos, juristas, físicos, ingenieros filósofos y teólogos. Definimos nuestros oficios, y les damos una identidad, le ponemos nombre a todo; así, en las cosas, reconocemos la grandeza de Dios. Sólo así sabemos realmente qué es lo humano y quien es Dios.




Lo nuestro no son ocurrencias vanas, infundadas, sino el fruto de la búsqueda de la verdad.

Partimos de la duda, de la oscuridad, para llegar a la luz. Ese es el punto en que ahora nos encontramos. Como personas iluminadas e iluminadoras.




Quienes buscamos y hallamos la verdad definimos para siempre muestro comportamiento y trabajo.

A eso refiere el escritor sagrado acerca de la sabiduría cuando dice: Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan (Sabiduría 6,12).



En consecuencia, quien busca la sabiduría (o la verdad) termina por hallarla. Como quien busca el bien, no sólo lo hallará, sino que lo habitará.

Cuando un hombre descubre la verdad que buscaba y se ilumina por ella para ejercer sus tareas, vivir su vida moral y espiritual: ¿Qué más se le puede pedir?


miércoles, 18 de junio de 2025

El TRABAJO

 





El valor del trabajo



Por: Gvillermo Delgado OP


Nadie debe vivir para trabajar solamente. El trabajo dignifica, en su defecto esclaviza.


El trabajo dará múltiples satisfacciones, siempre. Si no las da, pregúntate: ¿Por qué?


Una probable respuesta a esa pregunta consiste en que te has fiado sólo de tus capacidades intelectuales y habilidades adquiridas. Si eso fuera verdad:

¿No crees que has dejado de lado a Dios, cuando en realidad él es el fin último de todas las búsquedas, que en cierto modo se esclarecen con el trabajo?




Dejando a Dios fuera de todo quehacer, sin quererlo excluyes a las personas que dices amar; para dar satisfacción de modo exclusivo a tus "necesidades"  personales. Tal cosa puede ser peligrosa, pues estarías atentando contra ti mismo.


Con lo cual: ¿En qué te diferencias de quien trama el mal para satisfacer "necesidades"?


Ni siquiera las aves del campo atentan al orden natural de las cosas, pues al cantar atraen a las otras aves, al tiempo que embellecen el campo y dan sosiego a nuestras almas.


A eso refiere Jesús cuando dice: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt 16, 24).


De tal modo que tu vida sea una ofrenda permanente, agradable a Dios, a las personas que amas y a la sociedad que sirves.




Bajo este criterio, el trabajo jamás será maldición ni esclavitud sino la bendición necesaria para que vivir una vida digna.


¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? (Ibid, 26).



martes, 10 de junio de 2025

CONFIANZA

 




Confianza


Por: Gvillermo Delgado OP


Las relaciones humanas fuertes tienen cimientos fuertes. Si estos fallan se derrumba todo. Esos cimientos o principios éticos con profundidad y universalidad son el verdadero tesoro del alma.


Entre esos principios existe uno que es medular, el de la confianza. Cuyo origen descansa en la fe, se consolida en el amor y se manifiesta al ofrecerse con la propia vida. Faltar a este principio es faltar a todo, es cambiarlo todo.


Debilitada la confianza se caen las relaciones humanas que antes tenían cimientos sólidos. Se caen a pedazos sin posibilidad de reconstruirse. Quedando arruinada para siempre cualquier relación verdadera.


La confianza es la expresión visible y externa de una verdad profunda que por su densidad forma parte del diseño natural de la persona. En tanto realidad visible de lo profundo del alma, la confianza define a la persona. Sin tal principio, la persona se anula, se reduce a “la nada” o se minimiza.




Como un asterisco que tiene un punto concéntrico, faltar a la confianza es dirigirse a todas partes sin un horizonte definido, imposibilitando en cada instante que la luz divina interior se manifieste en su esplendor. Faltar a la confianza aniquila la belleza y origina el desorden. Toda persona en desorden lo afea todo, expele hedor, porque se aleja del punto concéntrico de la verdad interior.


La confianza por tener cimientos y aromas insondables es frágil como pompa de jabón. Sostenida en lo blando y sublime de las relaciones de amor, puede esfumarse con suma facilidad, socavando todo lo demás. Por eso, exige ser cuidada, fortalecida y entregada. La confianza es el alma transferida del yo al tú, no como moneda de cambio sino como ofrenda de amor. Con lo cual si no se dona o no se recibe no existe.




Cuidar el alma que se expande desde uno mismo hacia quien se ama es cuidarse y entregarse en plenitud; para no perderse nunca. Esto es lo que Jesús entendía cuando dijo: dar vida y vida abundante.


Dice la sabiduría popular, desde distintas expresiones culturales, que la confianza se gana con mil actos, pero se pierde con uno sólo. Perdida la confianza ¿qué queda de la persona y para qué vive? Si la confianza afianza al amor, la falta de confianza lo cambia todo. ¡No lo permita el cielo! ¡No lo permitas tú!

miércoles, 28 de mayo de 2025

ENGAÑO

 




 

Engaño


Por: Gvillermo Delgado OP


Al poco tiempo de nacer nos apresuramos en hablar, leer, caminar; con el fin de relacionarnos y realizar nuestros sueños. Corrimos veloces, al punto de inventar el tren y el avión: llegando lejos y volando alto. Al mismo tiempo aprendimos, con ceño fruncido, que la distancia no se alcanza, nunca. El norte permanece inmóvil en el mismo lugar.


Con escasa suerte, un día nos fuimos a la escuela. Avanzamos en conocimientos y en realizaciones breves. Sin conocer, apenas, la verdad de todas las cosas. Porque la realidad de las cosas se oculta en leyes invisibles. Y aunque, sentimos el viento, tal como dijo Jesús refiriéndose al Espíritu, no sabemos de donde viene ni a donde va.




Un día cualquiera como hoy, frente a la encrucijada de la vida, nos hallamos tomando decisiones determinantes. Entonces, nos descubrimos desnudos. Vacíos en el alma. Vulnerables. A riesgo de ser vulnerados y asistidos por dioses extraños y por la alabanza de sus adeptos. Confundidos nos ponemos en sus manos. Hasta la hora en que, al desvelarse la realidad, vemos esfumarse a esos genios como ángeles caídos. Incautos, clamamos justicia, por nuestro engaño. Mientras los secuaces celebran con sarcasmo en sus libaciones honrando a dioses mustios.




Entonces, debido al propio engaño, ascendemos desde la verdad inconsciente, descubriéndonos ambiguos en la fe y derrotados por nosotros mismos.


¿Valió la pena aprender la vida en la prisa de hablar, leer, caminar y la escuela? Al parecer no, porque nunca pudimos con el engaño. En cambio, gracias a ello, un día supimos de los jazmines aromáticos del alba, de la frescura cuaresmal del incienso. Aprendimos a expeler la belleza originaria que sin saberlo estaba creciendo con nosotros desde el tallo. 

jueves, 22 de mayo de 2025