Por: Gvillermo
Delgado OP
No sabemos lo que
somos si no sabemos lo que seremos (Simone de Beauvoir). ¿Qué ecos muestran esas
palabras?
Mirar a otra dirección,
no a la dirección por donde probablemente caminaremos, es una visión distorsionada
del mundo presente. Al decir: -Sólo importa el ahora.
Ese “ahora” asumiendo
el tiempo de modo despreocupado, como si cada instante fuera lo eterno (no
necesariamente espiritual), negando, así, la realidad golpeante de la que somos
parte. Y a la vez, viviendo, como si fuéramos dueños y señores del tiempo. Pero
¡No! Lo real va en otra dirección. Va hacia donde, queramos o no, debemos mirar.
Si la fe nos da razones
para saber sobrellevar las cuestiones fundamentales que nos aquejan, ¡enhorabuena!
Si la esperanza acciona nuestras tareas cotidianas, ¡dichosos! Pero, esas verdades
esenciales, no nos eximen de la responsabilidad más sublime, que es conocer lo
que ahora somos en función de lo que un día seremos: ancianos.
Con la ancianidad, los
colores rosas del amor tienden a ser tan diversos como los demanda la conjugación
del verbo cuidar: yo me cuido, yo te cuido, nosotros nos cuidamos. Porque en la
ancianidad, las preocupaciones, de cada instante, con las que encaramos y
resolvemos lo complejo del mundo, suelen surgir del interior, del alma.
¿Qué podemos decirles
a los de nuestra generación cuando se nos han perdido de vista? Si con la ancianidad los sentidos
menguan como la luna es porque se adelantan poco a poco a ningún futuro (porque
desaparece esa idea de futuro que aprendimos con la niñez), sino a aquel lugar
seguro que llamamos y comprendemos desde la fe y la esperanza. Que es la “continuidad”
de la vida en un lugar y estado donde “ya” nos esperan.
La ancianidad define la soledad como “prójimo”, en tanto oír menos, sentir menos, andad despacio. Sin otra prisa que la
del viento que mueve a las nubes en lo alto del cielo y la de los segundos que marca
la edad que ahora nos asume. La soledad, como estar consigo, es contemplar la
espera pacientemente de cualquier final.
