Por: Gvillermo Delgado OP
11de junio del 2021
Existe una tensión que me mueve en todo momento. Se trata de
aquello que quiero alcanzar en cada cosa. Estoy convencido que cualquier acción
sino es en dirección de la felicidad, realmente no vale la pena.
¿Qué otra cosa me puede preocupar más que no tener la paz suficiente para vivir una vida tranquila?
Si quiero gozar la vida lejos de todo mal, me obligo a
aceptar los límites que las leyes de la naturaleza me imponen, además de suprimir
todo aquello que no necesito.
No necesito aquello que puede ser perdido. Lo que puede ser
perdido, no me debiera imponer sufrimiento porque no es parte de la vida, por tanto,
de los límites que la naturaleza me impone.
En tal caso, la muerte es el mayor de los límites, que
acontece en cada momento del desarrollo cotidiano, como el reloj que va muriendo
en cada segundo de tiempo.
Aceptar la muerte es estar preparado para gozar la vida, libre
de todo mal y sufrimiento. La muerte como la finalización de todo, no la
necesito, pero sí estoy obligado comprenderla como límite, para que el día que “caiga
en el sueño de la muerte” (Sal, 13,3) pueda despertar a una vida feliz, sin
relojes.
Lo que debe preocuparme es perder aquello que sí necesito y
que nadie me puede dar. Eso es lo que depende de mí. Hay algo
que nadie me puede quitar porque nadie me lo puede dar. Esa es la paz.
La quietud de espíritu depende de los límites que acepto y de
los excesos que suprimo, cuando estos me conducen al dolor y al sufrimiento.
Al otro lado de mí, está la ciencia. Ahí, nada puede ser creado. La ciencia sólo pone al descubierto aquello que es invisible a la simple mirada del conocimiento. La ciencia reinventa lo que ya existe, para que pueda ser captado por la simple mirada.
El impacto de la re-invención,
propio de la ciencia, se debe al efecto de su utilidad y eficacia, pues
resuelve aquellas cosas que otrora aceptábamos en la fatalidad del límite. Con la ciencia hacemos de todo cosa, una oportunidad para crecer hacia el mundo más deseado.
Por nuestra parte, la persona que se re-inventa, reconoce los
límites de su propia naturaleza. Hace de la razón y de las pasiones, los instrumentos
eficaces para guiarse.
Eso es aceptar aquella razón creadora que configura todo
lo que existe y que da origen a la naturaleza de todo cuanto existe. A quien
llamamos Dios. Si ese es Dios, delante de él, reconocer los limites es emprender
caminos de libertad en dirección suya. Donde la meta es la felicidad que acontece
en él, sin lo cual será siempre imposible la vida feliz.
Si no inventamos nada, quiere decir que reinventarnos es
hacer de la felicidad la terea más digna por el cual vivimos en cada caso.
Esa es la paz que nadie me puede dar, que nadie me puede quitar. Pues yo me la doy, cuando me reinvento a cada instante, mientras el reloj del tiempo avanza.
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