Por: Gvillermo Delgado OP
El escritor sagrado de la primera carta de San Juan dijo que “Dios es amor” (1Jn 4, 8). En eso centró sus enseñanzas a las comunidades cristianas de finales del primer
siglo. E incluso decía que, quien
no ama, aún no ha conocido a Dios.
Ese amor uno y único, hace uno y únicos a aquellos en quienes acontece.
En las personas ese amor fluye como agua pura e incólume. Decir que fluye es afirmar que no nace en esa o aquella persona, sino que en ella, sólo corre como agua de manantial.
Entonces ¿Dónde nace? Nace en quien es uno y
único, y hace uno y único en quienes corre como manantial.
De otro modo, ninguna persona puede presumir tener el amor. Cada uno sólo puede expresar un amor cuya fuente no está en él, sino en otra fuente. Sin embargo, cada persona ama y es amada en ese "otro" amor, que
tiene una fuente única: la divina.
Con justa razón el amor es esa realidad que
hace misteriosa a la persona y su búsqueda. No porque sea inalcanzable o incognoscible el amor que busca. No. Sino porque le hace extraordinaria por el mismo hecho de buscarlo. Buscar le da sentido a su existencia. Y en
definitiva le lanza al conocimiento de su fuente. Que no sólo le hará feliz el día que lo halle, pues, ya es feliz buscándolo.
Así, por ejemplo, el amor hace extraordinario
al hombre en aquella hora que buscando saciar la sed en su única fuente, halla
agua en otra fuente. Esa es la “hora bendita” en que se descubre así mismo
delante de otra persona. Porque ya empieza a amar.
Aquí y sólo aquí es cuando el escritor sagrado del Genesis
(2, 23) pone en boca de Adán, aquellos sentimientos que lo inducen a decir: “Esa si es carne de mi carne y
huesos de mis huesos”. Y cuando Levinas afirma: “Frente al otro me encuentro
ante una fuente de significados y valores”. Eso mismo lo afirma radicalmente el antropólogo, al
decir: “El acceso a lo humano es el otro”.
Es decir, el fundamento de una persona sólo
puede estar en la otra persona; porque la otra persona será siempre el acceso a
la fuente más lejana y profunda, de donde emana el amor.
Dios es esa Fuente inagotable del amor, en quien
el alma se sacia. Así lo expresaban, también, aquellos místicos del siglo VI a. C. al cantarlo en sus cítaras: “Señor,
tu eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma tiene sed de ti como tierra reseca
agostada sin agua” (Sal 62, 1).
¡Qué gran misterio el nuestro al hallar tal
riqueza en las otras personas!
Por lo mismo, solo podemos ser felices delante
de las personas, nunca sin ellas.
“Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4, 7).
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