LA IDENTIDAD CRISTIANA Gvillermo Delgado viernes, 6 de noviembre de 2009 Sin Comentarios

Mis siete puntos para entender 
la identidad cristiana.


1. La identidad no es una conquista para siempre, se construye durante todo la vida, se acopla y afirma en cada época y cada cultura. Además se va haciendo poco a poco entre varias identidades; donde hay una como la más importante, que predomina en la persona. Con la que cada quien es reconocido durante toda la vida.
Para descubrir la propio identidad hay que responderse a las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿Quién dicen que soy? ¿Cuál es el sentido para mi vida? ¿Cómo va cambiando ese sentido a lo largo del tiempo? 


2. La identidad tiene que ver con «Ser uno mismo» en la diversidad del mundo. Por ejemplo, la auténtica identidad cristiana en medio de todas las corrientes de pensamiento de la vida social implica fortalecer las capacidades de diálogo y tolerancia. No sólo hacer una profesión de fe, al modo de doctrina según los dogmas de la Iglesia; más bien, se trata de dar razones de lo que se cree, o dar evidencia de la esperanza a través de la propia experiencia o la ajena. Este camino del diálogo, tan necesario, no debe hacernos olvidar el deber tener presente las líneas fundamentales del ser cristiano a la luz del Evangelio de Jesús.
3. Ser auténticos en la novedad tecnológica y la diversidad cultural. El mundo de la tecnología nos confiere una infinidad de posibilidades para evolucionar y ser mejores personas. Hay muchas cosas no bien aprovechadas, quizá porque entrañan riesgos que no se pueden soslayar, de los cuales debemos estar prevenidos, so pena perder la verdadera identidad cristiana. Por consiguiente conviene considerar dos presupuestos: 
  • Un primer presupuesto es conocer el cristianismo a la luz del Evangelio de Jesús. El asombroso panorama cultural de la fe (que con razón puede llamarse católica en su sentido etimológico: universal, ya que se ha encarnado de múltiples formas a lo largo de XXI siglos y a lo ancho del orbe-) es ya de por sí invaluable. Ese conocer  no debe ser para «creernos» que somos «mejores que otros», sino para aprender y crecer como personas. Se trata de hacer nuestro propio camino, para heredar a las próximas generaciones, aún no conocidas, aquello que ellos deben perfeccionar.
  • Es indispensable en este sentido, poseer una auténtica cultura cristiana - formarnos más allá del catecismo escolar- para no ser presas de la manipulación a causa de la propia ignorancia. Podríamos fácilmente sentir un cierto complejo ante los clichés y los ataques sistemáticos de los diversos medios de comunicación; por ejemplo a raíz de tópicos tales como la inquisición, las cruzadas, el antisemitismo y más recientemente la pedofilia; hasta el punto de que alguno pudiera avergonzarse de su fe y por supuesto ocultarla en la plaza publica o en los ámbitos más personales de la vida. Tal actitud mostraría ignorancia, enemiga mayor de Dios sobre la Tierra.
4. Reconozcamos nuestros orígenes. No hay que olvidar por ejemplo –entre otras muchas realidades- que los ideales de la Revolución Francesa tienen una matriz incontrovertiblemente cristiana: libertad, igualdad y fraternidad que impregnan el mensaje cristiano. Ha sido en la cultura cristiana donde ha surgido la democracia, y el fenómeno de la universidad, como lugar de saber y como manifestación de la confianza del hombre en su propia razón. El cristianismos se ha trascendido hacia diversos fueros. Así, la Iglesia Católica, por ejemplo, ha sido promotora desde sus inicios de los grandes valores universales, como la justicia y la paz. La Iglesia ha sido siempre «experta en humanidad» (Juan Pablo II) y continúa siéndolo. Los derechos humanos y la reflexión sobre la dignidad y la defensa de la persona son indudablemente un legado cristiano y actualmente la Iglesia entabla una feroz y pacífica batalla para defenderlos, siendo en ello casi una voz aislada en el conjunto de la sociedad.
5. La fe cristiana se ha enriquecido con las múltiples facetas de la inculturación a lo largo de este tiempo y simultáneamente ha realizado una labor de criba, purificando aquellos elementos culturales incompatibles con el mensaje cristiano y sobre todo con la dignidad humana, para saber tocar después las mejores notas que cada cultura pueda ofrecer. Con ello, la misma fe se ha purificado, al punto de pedir perdón por los enormes pecados históricos que le han alejado del Evangelio de Jesús. El legado cultural y humano de la fe es invaluable, que va del Mausoleo de Constanza en Roma a la Capilla del Rosario en Puebla, de “La Ciudad de Dios” de San Agustín al Quijote de Cervantes, de San Francisco a Teresa de Calcuta, etc. Más aún en la cercanía y afinidad con las culturas originarias de los Pueblos de África, los Mayas de Guatemala, los Incas del Perú, los árabes y la enorme diversidad cultural.
6. Además de conocer la fe cristiana, su tradición y su vida, y valorarla convenientemente, es necesario estar al tanto de lo que hacen y sufren los cristianos en todo el mundo. Las malas noticias se propagan con mayor rapidez, que las realidades buenas del heroísmo cristiano de tantos fieles a lo largo del mundo. Es preciso conocerlos y servir de altavoz para que el mensaje cristiano pueda seguir fecundando el mundo y no se repliegue a causa de la presión ejercida en su contra.
7. La identidad cristiana empieza «por conocerse uno mismo» a partir de las experiencias internas y la realidad social que nos abraza. Se trata, también de conocer lo que se cree, dar razones de ello. Eso permite mirar a través de un cristal limpio, lejos de ideologías perversas y malintencionadas. Lo cual permite amar realmente, bajo el principio de que sólo se ama lo que se conoce. 
«El sentido que amana de la fe determina la identidad». La identidad bien discernida da consistencia a la vida en todos los ámbitos de la vida. Ayuda a buscar respuestas a las inquietudes más importantes de la persona dentro de los límites humanos y no en la dispersión del mundo. Una buena construcción del ser a partir de la identidad configura al buen adulto, al buen ciudadano, al buen profesional y cristiano. Eso quiere decir, ser personas auténticas y responsables que llegan a afirmar, sin tapujos: soy cristiano.

Por: Fr. Gvillermo Delgado
Fotos: Varias de jgda; orquideas: Ramiro Argueta; Medallón: Miriam Mancilla.
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