viernes, 6 de noviembre de 2009

LA IDENTIDAD CRISTIANA

Mis siete puntos para hablar
de la identidad cristiana.

1. La identidad no se conquista para siempre, se construye durante todo la vida. Se acopla y afirma en cada poca y cada cultura. Además se va haciendo poco a poco entre varias identidades, donde una es la más importante, la que predomina en la persona. Con la que nos mostraremos y seremos conocidos durante toda la vida.
Descubrir la identidad implica respondernos a las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿Quién dicen que soy? ¿Cuál es el sentido para mi vida? ¿Cómo va cambiando ese sentido a lo largo del tiempo? 


2. Ser uno mismo en la diversidad del mundo. Mantener la auténtica identidad, digamos, la cristiana y mostrar la fe, en medio de todas las corrientes de pensamiento de la vida social, implica fortalecer las capacidades de diálogo y tolerancia. Y no sólo hacer una profesión de fe, al modo doctrinal dogmático. En este caso se trata de dar razones de lo que creo, o dar evidencia de mi esperanza a través de mi propia experiencia o la de los hermanos.
Este camino del diálogo, tan necesario, no debe hacernos olvidar el deber tener siempre presente, y subrayar con la misma fuerza, las líneas fundamentales e irrenunciables de del ser cristiano a la luz del Evangelio de Jesús.
3. Ser auténticos en la novedad tecnológica y la diversidad cultural. El mundo tecnológico nos confiere una infinidad de posibilidades para evolucionar y ser mejores. Muchas de esas cosas hasta ahora inexploradas; quizá porque en cierto modo también entraña riesgos que no se pueden soslayar, de los cuales debemos estar prevenidos, so pena perder lo auténticamente cristiano. Por consiguiente conviene considerar dos cosas: 
  • Un primer presupuesto es conocer el cristianismo. El asombroso panorama cultural de la fe -que con razón puede llamarse católica en su sentido etimológico: universal, ya que se ha encarnado de múltiples formas a lo largo de XXI siglos y a lo ancho del orbe- es ya de por sí invaluable. Ese conocer  no debe ser para sentirnos ufanos de lo que somos, sino para aprender y crecer como personas. Se trata de hacer nuestro propio camino, para heredar a las próximas generaciones, aún no conocidas, aquello que ellos deben perfeccionar.
  • Es indispensable en este sentido, poseer una auténtica cultura cristiana - formarnos más allá del catecismo escolar- para no ser presas de la manipulación a causa de la propia ignorancia. Podríamos fácilmente sentir un cierto complejo ante los clichés y los ataques sistemáticos de los diversos medios de comunicación; por ejemplo a raíz de tópicos tales como la inquisición, las cruzadas, el antisemitismo y más recientemente la pedofilia; hasta el punto de que alguno pudiera avergonzarse de su fe y por supuesto ocultarla en la plaza publica o en los ámbitos más personales de la vida. Tal actitud mostraría ignorancia, enemiga mayor de Dios sobre la Tierra.
4. Reconozcamos nuestros orígenes. No hay que olvidar por ejemplo –entre otras muchas realidades- que los ideales de la Revolución Francesa tienen una matriz incontrovertiblemente cristiana: libertad, igualdad y fraternidad impregnan el mensaje cristiano. Ha sido en la cultura cristiana donde ha surgido la democracia, y el fenómeno de la universidad, como lugar de saber y como manifestación de la confianza del hombre en su propia razón. El cristianismos se ha trascendido hacia diversos fueros. Así, la Iglesia, por ejemplo, ha sido promotora desde sus inicios de los grandes valores universales, como la justicia, la paz. La Iglesia es "experta en humanidad" (Juan Pablo II) y continúa siéndolo. Los derechos humanos y la reflexión sobre la dignidad y la defensa de la persona son indudablemente legado cristiano y actualmente la Iglesia entabla una feroz y pacífica batalla para defenderlos, siendo en ello casi una voz aislada en el conjunto de la sociedad.
5. La fe cristiana se ha enriquecido con las múltiples facetas de la inculturación a lo largo de este tiempo y simultáneamente ha realizado una labor de criba, purificando aquellos elementos culturales incompatibles con el mensaje cristiano y sobre todo con la dignidad humana, para saber tocar después las mejores notas que cada cultura pueda ofrecer. Y con ello la misma fe se ha purificado, ha tenido que pedir perdón por sus enormes pecados que le han alejado del Evangelio de Jesús. Del Mausoleo de Constanza en Roma a la Capilla del Rosario en Puebla, de “La Ciudad de Dios” de San Agustín al Quijote de Cervantes, de San Francisco a Teresa de Calcuta, el legado cultural y humano de la fe es invaluable. Más aún en la cercanía y afinidad con las culturas originarias de los pueblos de África, los mayas, los incas, los árabes y otras tantas.
6. Además de conocer la fe cristiana, su tradición y su vida, y valorarla convenientemente, es necesario estar al tanto de lo que hacen y sufren los cristianos en todo el mundo. Las malas noticias se propagan con mayor rapidez, que las realidades buenas del heroísmo cristiano de tantos fieles a lo largo del mundo. Es preciso conocerlos y servir de altavoz para que el mensaje cristiano pueda seguir fecundando el mundo y no se repliegue a causa de la presión ejercida en su contra.
7. La identidad cristiana pasa por conocerse uno mismo, desde las experiencias internas, nunca al margen de las sociales. Se trata, también de conocer lo que se cree, dar razones de ello. Eso permite mirar a través de un cristal limpio, lejos de ideologías perversas y malintencionadas. Lo cual permite amar realmente, bajo el principio de que sólo se ama lo que se conoce. 
El sentido de mi fe es mi identidad. La identidad bien discernida da consistencia a la vida en todos los ámbitos. Ayuda a buscar adecuadamente dentro de los límites y no en la dispersión. Una buena construcción del ser a partir de la identidad configura al buen adulto, al buen ciudadano, profesional y cristiano. Eso quiere decir, personas auténticas y responsables que llegan a afirmar, sin tapujos que, soy cristiano.

Por: Gvillermo Delgado
Fotos: Varias de jgda; orquideas: Ramiro Argueta; Medallón: Miriam Mancilla.

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